viernes, 15 de noviembre de 2013

peligro: escuela popular/ 2010

La batalla épica de una escuela pública para chicos de la calle 

La escuela para chicos en situación de calle ‘Isauro Araucibia’ se encuentra[1] actualmente en el caserón que queda en Manuel García 370. Tras haberse establecido en distintas sedes[2] de los barrios del Sur de esta Ciudad Autónoma de Buenos Aires, esta casa de estudios se asentó en Parque Patricios en 2007, durante el gobierno de Jorge Telerman. En ese entonces, siendo ministro de educación de la ciudad Alberto Sileoni, hoy ministro de educación de la Nación, se aceptó el proyecto educativo que plantearon los docentes de la institución.
La escuela nació como parte de una iniciativa de la gente de AMMAR (Asociación de Mujeres Trabajadoras Sexuales de la Argentina) y del MOI (Movimiento de Ocupantes e Inquilinos): ellos se encontraron con la necesidad de un maestro para que algunos de sus integrantes, adultos ellos, pudieran terminar la primaria, fue así que Susana Reyes, hoy coordinadora de la escuela Isauro Araucibia, comenzó a trabajar en lo que con el paso del tiempo sería la odisea de este esfuerzo por parte de alumnos y docentes de tener un lugar dónde reunirse a fin de que tenga lugar el acto pedagógico del que son parte. La ‘Isauro Araucibia’ es la única escuela porteña especializada en la enseñanza de jóvenes y niños en situación de calle. Si bien nació como una escuela para adultos, la misma fue transformándose en consonancia con las necesidades sociales a las que se acomodó y supo responder de modo más que satisfactorio: muchas mujeres de AMMAR y gente del barrio comenzaron a enviarles chicos en situación de calle quienes finalmente adoptaron la institución como propia. Así, tanto la adecuación del centro educativo a las demandas emergentes de una sociedad en la que la marginalidad nos representa un frente de lucha como la presentación consecuente de un proyecto que fue aprobado se transformaron en hechos. En 2007 se otorgó el caserón de la calle Manuel García a la institución. Hoy día, el mismo se encuentra en estado de desmantelamiento y cerrado a sus alumnos que son aproximadamente 120. Allí, los educandos asistían a programas de alfabetización y a distintos talleres artísticos y de formación para distintos oficios. Quizá parezca una verdad de perogrullo pero a veces hay que decir lo evidente en algunos casos; en éste especialmente nos obligan a decirlo: en rigor de verdad, las actividades de la escuela pública son parte de la batalla que el día a día enfrenta contra las desigualdades de una sociedad que atraviesa las consecuencias evidentes de los años del neoliberalismo, la convertibilidad, la flexibilización laboral y el oscurantismo educativo cuya máxima expresión fue la Ley Federal; en este caso específico y particular, la tarea es doblemente relevante puesto que apunta a un público, su alumnado,  cuyas necesidades básicas lindan entre la subsistencia y la insatisfacción. Entonces, se torna incomprensible, primero, el cierre de la escuela y, luego, su desmantelamiento por obra y gracia del gobierno de esta Ciudad Autónoma. El caserón de la calle Manuel García había sido prometido como sede del centro educativo en varias oportunidades desde 2007. Hace poco supe que en guaraní palabra y alma son un único y mismo vocablo y Sartre dijo alguna vez que las palabras son actos. Nuestras palabras explican muchas veces cómo, quiénes somos. El 21 de Mayo último, docentes y alumnos de la escuela ‘Isauro Araucibia’, llamada así para conmemorar al pedagogo y gremialista tucumano asesinado el 24 de Marzo de 1976, se manifestaron para impedir la sinrazón que impide a jóvenes y niños seguir asistiendo no sólo a los talleres y clases que se brindaban en la escuela sino también al comedor que en ella funcionaba, docentes y alumnos realizaron un acto para que una promesa no se convierta en una mentira más, para que esta promesa que es la educación de unos chicos que no han tenido la mejor de las suertes puedan tener al menos una formación para luchar contra la adversidad que no han decidido y de la que no son, de ningún modo, responsables, la escuela que conforman ha alzado la voz despojada de su sitio, por fuera de sí misma, sin un hogar propio, para que de una vez por todas tengamos políticas de Estado y no políticas de gobierno, para que, por fin, palabra y alma puedan a ser lo mismo.
Quizás la odisea y la ilíada de esta escuela no sean más que un fiel reflejo de nuestra argentinidad: parte de la épica a la que estamos acostumbrados. Las costumbres no siempre son buenas y desarraigarlas suele ser arduo. Quizá la lucha contra el incumplimiento a esta promesa sea parte de la renovación que como sociedad estamos necesitando, y empecemos tal vez, juntando de a poco actos como éste, a tener palabra, que es siempre un buen comienzo para todo lo otro, que es mucho y grande, pero se construye desde lo pequeño, desde lo sencillo de lo cotidiano. Quizá haya un destino en todo nombre y el de esta escuela sea el de luchar por la memoria en su sentido más amplio y más profundo desde su lugar en el mundo que hasta ahora no ha quedado claro cuál es, y al que tendrá que conquistar como primera gran batalla para seguir adelante.   






[1] Para ser más precisos, se encontraba, y, para ser justos, debemos reconocerle el cambio del tiempo de la narración a nuestro jefe de gobierno: Mauricio Macri.
[2] La institución ha tenido lugar en un local de la CTA, en Av. Independencia al 800, luego en uno del MOI, en 15 de Noviembre y Entre Ríos, y, también, en la UOCRA, en Humberto Primo al 2200. Todos estos sitios en los que se desenvolvió la actividad de la escuela fueron prestados. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario