viernes, 15 de noviembre de 2013

en nombre del Hijo/ 2009

En nombre del hijo 


El pasado 3 de noviembre, Julio Morresi fue declarado “Personalidad destacada de la Ciudad de Buenos Aires en el campo de los Derechos Humanos” por la Legislatura porteña. En el acto estuvieron los diputados Juan Cabandié y Gabriela Alegre, ambos muy vinculados a que esta mención se concretara. Agenda Parque Patricios presenció  la emotiva ceremonia de reconocimiento a toda una vida cuya trayectoria, sinónimo de lucha por la memoria.

(I)                 Niño

Quizá todo haya comenzado la tarde en que Julio Morresi, con sólo quince años, estaba parado en la esquina de Chiclana y Urquiza donde quedaba la panadería “La nueva americana” en la que trabajaba. Don Julio había comenzado a trabajar, como muchos chicos en aquellos tiempos, a la tempranísima edad de nueve años. En su caso la odisea laboral había comenzado en una carnicería que quedaba en Brasil y Deán Funes, allí su desempeño le daba por cambio unas pocas monedas además de  raciones de verdura y carne, siempre atesorables para la ajustada economía familiar. Julio, hijo de “un tano que quería más a Argentina que a Italia” debió empezar de cero y “correr la coneja” en más de una oportunidad, creció junto a seis hermanos. De modo que el de la panadería fue su segundo o tercer trabajo, segundo o tercero porque al tiempo que lo de la panadería, trabajó también y simultáneamente a unas pocas cuadras, en “Calzados Mazza”, entre sus nueve y sus quince años. En esa época, “casi estuve por dejar el estudio”, declara, “estudiaba en la Escuela “Almafuerte”, sobre Deán Funes, entre Brasil y Salcedo, donde hoy está el Normal”. Corría el año ´45 la tarde en la que un Julio adolescente se encontró repentinamente con un aluvión de gente que venía por Chiclana, aluvión zoológico lo bautizarían luego los opositores, y se dirigía vociferando hacia Plaza de Mayo. Era 17 de Octubre el día en que un poco instintiva y otro poco concienzudamente, con sus escasos años, siguió a hombres y mujeres que habrían de conformar una de las movilizaciones más grandes de la historia argentina, la que liberaría al Coronel Perón y consolidaría al movimiento obrero nacional. “Lo maravilloso fue que la gente iba espontáneamente”, dice, en concomitancia con el recuerdo, Julio que no había salido en su vida de Parque Patricios y agrega: “Dije, voy unas cuadras y vuelvo. Y terminé en Plaza de Mayo. Después no sabía volver. En mi casa estaban locos. Volví arriba del techo de un tranvía. Era de noche ya, me estaban buscando por todos lados y les conté…”. Quizá todo haya comenzado ese día. Quizás un poco, bastante antes, cuando su padre se vio ante una realidad lejana y extraña a sus orígenes, desarraigado de su patria, ante la Argentina de la década infame en la que sin nada debió paulatinamente no dejar de juntar, sin pausa pero sin prisa, de a poquito, a paso de hormiga, hasta abrir un tallercito de calzado en el ´46, en Urquiza y Chiclana: “Calzados Urquiza de Morresi e hijos”, donde Julio trabajó junto a su familia, al lado de su padre y hermanos. Quizás alguno entre tantos momentos haya sido la causa de las huellas que nuestra historia dejó en su familia, el origen de unas cicatrices que, lejos de significar una derrota, nacieron una vida entera de combate y de actos, de búsqueda de Justicia, de ejercicio de la memoria. Porque ese día se gestó o, mejor dicho, se consolidó en Julio el amor por el Peronismo, por la lealtad hacia una lucha legítima, y ese amor sería heredado por sus hijos, Claudio y Norberto.

(II) Padre

Julio se casó en el ´57 con Irma, quien es su compañera hace cincuenta y dos años. Ambos vivían a cuadras de distancia nada más y ella solía pasar deliberadamente por la puerta del taller donde él trabajaba durante su adolescencia: “como le llevo cinco años que en ese entonces se notaban más, para mí era una nena, pero ella dice que yo siempre le gusté, yo ni cuenta me daba”. El matrimonio se consumó tras cinco años de noviazgo y tuvo dos hijos. Uno de ellos, el menor, Claudio, es el actual Secretario de deportes de la Nación y ex jugador de Huracán y de la Selección Nacional. El mayor, Norberto, fue secuestrado siendo muy joven, a los diecisiete años desapareció en época de la última dictadura militar. Era abril del ´76. Norberto había dicho que llegaría tarde, que iría a un cumpleaños. Por la noche sus padres recibieron un llamado de alerta de sus amigos a eso de las diez: “No se preocupen, no debe ser nada grave, pero algo pasó, porque Norberto quedó en que vendría a alcanzarnos unas cosas y cuando él se compromete, cumple, algo le tiene que haber pasado”. El 23 de abril de ese año Norberto fue capturado en José María Moreno y Directorio junto a un compañero, Luis María Roberto, por un control policial. Ambos fueron fusilados a horas del inicio del procedimiento porque se dirigían a la villa en la que trabajaban con el fin de repartir ejemplares de la revista “Evita montonera”, revista que veinte días antes se vendía en los quioscos. La noche de ese mismo día comenzó la pesquisa incansable de los padres de Norberto. Julio e Irma recorrieron hospitales, comisarías, ministerios, cuarteles, salieron reiteradas veces a la puerta de su casa para ver si su hijo finalmente regresaba al hogar, lo buscaban, lo esperaban con la tenacidad de quien sólo puede plantarse en la ilusión del reencuentro con el ser amado, con la fuerza de quien no puede darse ni dar al otro por perdido hasta la confirmación de lo contrario, hasta el arribo de un porqué: “El sábado siguiente me pasé todo el día recorriendo la ciudad, fue como si se lo hubiese tragado la tierra”. Muchos años después de ese primer día Julio creyó entrever bajo la enmarañada barba de un hombre que dormía en la calle el rostro de su hijo, se quedó mirándolo, suponiendo una posible pérdida de memoria que impidiera al vagabundo reconocer a su propio padre. Pero no, no era, la confusión sólo provocó el enojo del hombre. Y entre tanta angustia y desasosiego la familia debió también padecer una extorsión delicadamente planeada a un año de la desaparición que, además de la pérdida económica de todo lo que les fue posible reunir para el esperado rescate, les significó el decaimiento inefable de la decepción: “Le habíamos comprado ropa de lana, Irma se pasaba las noches tejiendo. Cuando ya estábamos seguros de volver a verlo, abrazarlo, tocarlo otra vez, nos dijeron que el jeep en que iban había sido asaltado y quemado”. La familia se desesperó porque la mujer que trataba con ellos, emisaria de un capitán de nombre anónimo, les había hecho una descripción exacta de Norberto, hasta les dijo que “siempre pedía manzanas verdes en lugar de la cena”, dato que habían averiguado de algún modo y que hizo convencer a Irma de que su hijo seguía con vida porque así había sido cuando aún vivía con ellos, llegar e ir directo hacia la cesta de las manzanas verdes. Sin embargo, aquel primer día de búsqueda no se dejó flaquear ni dejó de  repetirse todos y cada uno de los días sucesivos hasta que la familia recibió un llamado del Equipo Argentino de Antropólogos Forenses en mayo del ´89, momento en que se realizó la exhumación a la que Julio asistió junto a Irma y Claudio. Cuando recuerda el episodio, Julio destaca la delicadeza con la que el grupo de especialistas trabajó en el asunto y declara que el hallazgo del cuerpo de su hijo de ningún modo implicó el abandono de la lucha, por el contrario, fortaleció la intensidad de la participación de su familia en la búsqueda del resto de los compañeros de Norberto y lo aclara porque hubo quien afirmó como argumento contra las exhumaciones de los cadáveres: “una vez que encuentren a sus hijos, van a dejar de luchar”. No fue ése el caso de los Morresi que hasta hoy, y desde hace treinta y tres años, continúan su vida de la mano del compromiso por unos andariveles que conducen hacia la construcción de una sociedad más solidaria, equitativa y justa.     
Cuando Julio habla de Norberto en sus palabras sobresale el orgullo de padre y el sentimiento que trasluce se refugia en la actividad incesante de la memoria, en el trabajo que ella significa, en la recopilación de momentos de vida, en su pronunciación que los revive para transformar demasiado dolor en una trayectoria que sólo puede reflejarse en la palabra lucha. Y el orgullo por el recuerdo siempre joven y lleno de vida de Norberto ocurre al ver retrospectivamente en esos diecisiete íntegros años dos cualidades que juntas lo pueden todo: unos valores aguerridos, apasionados y arraigados con firmeza a su ideal, el ideal de un prójimo sin tanta pena nacida de la indiferencia del otro, sin tanta pobreza, sin miseria. Recuerda Julio cuando su hijo mayor le preguntaba: “Papá, ¿por qué los chicos de la villa viven tan mal?”, se le hacía incomprensible a Norberto, injustificable, la posibilidad de tan precarias condiciones para algunos en convivencia con la opulencia de pocos. Más de una vez se lo veía llegar a su casa sin abrigo en pleno invierno: es que regalaba a quienes lo necesitaban más que él los pulóveres tejidos por su madre. Cuando le ofrecieron jugar en las inferiores de Huracán respondió amablemente que si bien amaba el fútbol, tenía obligaciones más importantes a las que atender y esas obligaciones eran el trabajo social que realizaba y su militancia en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios). 
Julio se siente responsable por el Peronismo de Norberto: “De mi mano fue a Ezeiza a recibir al General y de mi mano corrió cuando empezó la masacre”.
Así fue como desde el primer momento en que la ausencia de su hijo mayor se hizo preocupante, la misma noche de su desaparición, Julio e Irma, inseparablemente juntos, no dejan de estar presentes cada semana en las rondas de la Plaza.

(III) Abuelo

La ceremonia de reconocimiento a Julio Morresi fue en el Salón San Martín de la Legislatura porteña. El motivo, treinta y tres años de trayectoria y trabajo en derechos humanos. A sus setenta y nueve años y con la pérdida de un hijo a cuestas, Julio sigue firme en sus convicciones a las que no deja de acompañar con actos, que son los que generalmente faltan tras la voluptuosidad de discursos bonitos. Julio Morresi ha sido un hombre coherente, consecuente y ha tenido la fortaleza suficiente como para no entregarse a la tragedia que atravesó su familia. La apertura del evento estuvo a cargo del nieto de Julio, Facundo Morresi, quien recordó distintos momentos de la vida de su familia, de las enseñanzas de su abuelo siempre vinculadas a la lucha, la justicia y la militancia, de las tardes en Plaza de Mayo desde muy, muy pequeño, desde hace veinte años de sus veintipocos de vida: “¿Te acordás cuando nos contabas la anécdota del 17 de Octubre del ´45, cuando viste a los descamisados por Chiclana y terminaste en Plaza de Mayo? Ese día te marcó para siempre, a vos y a la familia. Y después, en el ´55, te quisieron callar como a todo el mundo pero te las rebuscabas para no darles el gusto, colgando las sábanas pintadas pidiendo por Perón o con las nomeolvides en el corazón”. La distinción fue entregada a Julio por el diputado Juan Cabandié, hijo de desaparecidos, quien afirmó estar reconociendo en él a todos los padres de Plaza de Mayo que acompañaron a las madres. También pronunció unas palabras la diputada Gabriela Alegre, quien fuera en su juventud compañera de militancia de Norberto y dijo: “Al hacerle este reconocimiento a Julio siento que estamos haciéndolo también por Norberto que fue un militante inolvidable”. Finalmente, las palabras que cerraron el acto fueron las del propio Julio, palabras de reafirmación del compromiso entre las que destacó el hecho de que “hoy es un día muy importante porque recuperamos al nieto número 98”.

El sábado siguiente a la distinción, la familia Morresi abrió amablemente a Agenda Parque Patricios las puertas de su casa y allí los cronistas pudimos, además conversar largo sobre su historia y escuchar los relatos de Julio, conocer un poco más de nuestra historia, de la historia de Norberto que es uno entre treinta mil que no debemos olvidar.   


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