En
nombre del hijo
El
pasado 3 de noviembre, Julio Morresi fue declarado “Personalidad destacada de la Ciudad de Buenos Aires en
el campo de los Derechos Humanos” por la Legislatura porteña. En el acto estuvieron los
diputados Juan Cabandié y Gabriela Alegre, ambos muy vinculados a que esta
mención se concretara. Agenda Parque
Patricios presenció la emotiva
ceremonia de reconocimiento a toda una vida cuya trayectoria, sinónimo de lucha
por la memoria.
(I)
Niño
Quizá
todo haya comenzado la tarde en que Julio Morresi, con sólo quince años, estaba
parado en la esquina de Chiclana y Urquiza donde quedaba la panadería “La nueva
americana” en la que trabajaba. Don Julio había comenzado a trabajar, como
muchos chicos en aquellos tiempos, a la tempranísima edad de nueve años. En su
caso la odisea laboral había comenzado en una carnicería que quedaba en Brasil
y Deán Funes, allí su desempeño le daba por cambio unas pocas monedas además de raciones de verdura y carne, siempre
atesorables para la ajustada economía familiar. Julio, hijo de “un tano que
quería más a Argentina que a Italia” debió empezar de cero y “correr la coneja”
en más de una oportunidad, creció junto a seis hermanos. De modo que el de la
panadería fue su segundo o tercer trabajo, segundo o tercero porque al tiempo
que lo de la panadería, trabajó también y simultáneamente a unas pocas cuadras,
en “Calzados Mazza”, entre sus nueve y sus quince años. En esa época, “casi
estuve por dejar el estudio”, declara, “estudiaba en la Escuela “Almafuerte”,
sobre Deán Funes, entre Brasil y Salcedo, donde hoy está el Normal”. Corría el
año ´45 la tarde en la que un Julio adolescente se encontró repentinamente con
un aluvión de gente que venía por Chiclana, aluvión zoológico lo bautizarían
luego los opositores, y se dirigía vociferando hacia Plaza de Mayo. Era 17 de
Octubre el día en que un poco instintiva y otro poco concienzudamente, con sus
escasos años, siguió a hombres y mujeres que habrían de conformar una de las
movilizaciones más grandes de la historia argentina, la que liberaría al Coronel
Perón y consolidaría al movimiento obrero nacional. “Lo maravilloso fue que la
gente iba espontáneamente”, dice, en concomitancia con el recuerdo, Julio que
no había salido en su vida de Parque Patricios y agrega: “Dije, voy unas
cuadras y vuelvo. Y terminé en Plaza de Mayo. Después no sabía volver. En mi
casa estaban locos. Volví arriba del techo de un tranvía. Era de noche ya, me
estaban buscando por todos lados y les conté…”. Quizá todo haya comenzado ese
día. Quizás un poco, bastante antes, cuando su padre se vio ante una realidad lejana
y extraña a sus orígenes, desarraigado de su patria, ante la Argentina de la década
infame en la que sin nada debió paulatinamente no dejar de juntar, sin pausa
pero sin prisa, de a poquito, a paso de hormiga, hasta abrir un tallercito de
calzado en el ´46, en Urquiza y Chiclana: “Calzados Urquiza de Morresi e hijos”,
donde Julio trabajó junto a su familia, al lado de su padre y hermanos. Quizás
alguno entre tantos momentos haya sido la causa de las huellas que nuestra
historia dejó en su familia, el origen de unas cicatrices que, lejos de
significar una derrota, nacieron una vida entera de combate y de actos, de
búsqueda de Justicia, de ejercicio de la memoria. Porque ese día se gestó o, mejor
dicho, se consolidó en Julio el amor por el Peronismo, por la lealtad hacia una
lucha legítima, y ese amor sería heredado por sus hijos, Claudio y Norberto.
(II)
Padre
Julio
se casó en el ´57 con Irma, quien es su compañera hace cincuenta y dos años.
Ambos vivían a cuadras de distancia nada más y ella solía pasar deliberadamente
por la puerta del taller donde él trabajaba durante su adolescencia: “como le
llevo cinco años que en ese entonces se notaban más, para mí era una nena, pero
ella dice que yo siempre le gusté, yo ni cuenta me daba”. El matrimonio se
consumó tras cinco años de noviazgo y tuvo dos hijos. Uno de ellos, el menor, Claudio,
es el actual Secretario de deportes de la Nación y ex jugador de Huracán y de la Selección Nacional.
El mayor, Norberto, fue secuestrado siendo muy joven, a los diecisiete años
desapareció en época de la última dictadura militar. Era abril del ´76.
Norberto había dicho que llegaría tarde, que iría a un cumpleaños. Por la noche
sus padres recibieron un llamado de alerta de sus amigos a eso de las diez: “No
se preocupen, no debe ser nada grave, pero algo pasó, porque Norberto quedó en
que vendría a alcanzarnos unas cosas y cuando él se compromete, cumple, algo le
tiene que haber pasado”. El 23 de abril de ese año Norberto fue capturado en José
María Moreno y Directorio junto a un compañero, Luis María Roberto, por un
control policial. Ambos fueron fusilados a horas del inicio del procedimiento
porque se dirigían a la villa en la que trabajaban con el fin de repartir ejemplares
de la revista “Evita montonera”, revista que veinte días antes se vendía en los
quioscos. La noche de ese mismo día comenzó la pesquisa incansable de los
padres de Norberto. Julio e Irma recorrieron hospitales, comisarías,
ministerios, cuarteles, salieron reiteradas veces a la puerta de su casa para
ver si su hijo finalmente regresaba al hogar, lo buscaban, lo esperaban con la
tenacidad de quien sólo puede plantarse en la ilusión del reencuentro con el
ser amado, con la fuerza de quien no puede darse ni dar al otro por perdido
hasta la confirmación de lo contrario, hasta el arribo de un porqué: “El sábado
siguiente me pasé todo el día recorriendo la ciudad, fue como si se lo hubiese
tragado la tierra”. Muchos años después de ese primer día Julio creyó entrever
bajo la enmarañada barba de un hombre que dormía en la calle el rostro de su
hijo, se quedó mirándolo, suponiendo una posible pérdida de memoria que
impidiera al vagabundo reconocer a su propio padre. Pero no, no era, la
confusión sólo provocó el enojo del hombre. Y entre tanta angustia y
desasosiego la familia debió también padecer una extorsión delicadamente
planeada a un año de la desaparición que, además de la pérdida económica de
todo lo que les fue posible reunir para el esperado rescate, les significó el
decaimiento inefable de la decepción: “Le habíamos comprado ropa de lana, Irma
se pasaba las noches tejiendo. Cuando ya estábamos seguros de volver a verlo,
abrazarlo, tocarlo otra vez, nos dijeron que el jeep en que iban había sido asaltado
y quemado”. La familia se desesperó porque la mujer que trataba con ellos,
emisaria de un capitán de nombre anónimo, les había hecho una descripción
exacta de Norberto, hasta les dijo que “siempre pedía manzanas verdes en lugar
de la cena”, dato que habían averiguado de algún modo y que hizo convencer a
Irma de que su hijo seguía con vida porque así había sido cuando aún vivía con
ellos, llegar e ir directo hacia la cesta de las manzanas verdes. Sin embargo, aquel
primer día de búsqueda no se dejó flaquear ni dejó de repetirse todos y cada uno de los días
sucesivos hasta que la familia recibió un llamado del Equipo Argentino de
Antropólogos Forenses en mayo del ´89, momento en que se realizó la exhumación
a la que Julio asistió junto a Irma y Claudio. Cuando recuerda el episodio, Julio
destaca la delicadeza con la que el grupo de especialistas trabajó en el asunto
y declara que el hallazgo del cuerpo de su hijo de ningún modo implicó el
abandono de la lucha, por el contrario, fortaleció la intensidad de la
participación de su familia en la búsqueda del resto de los compañeros de
Norberto y lo aclara porque hubo quien afirmó como argumento contra las
exhumaciones de los cadáveres: “una vez que encuentren a sus hijos, van a dejar
de luchar”. No fue ése el caso de los Morresi que hasta hoy, y desde hace
treinta y tres años, continúan su vida de la mano del compromiso por unos andariveles
que conducen hacia la construcción de una sociedad más solidaria, equitativa y
justa.
Cuando
Julio habla de Norberto en sus palabras sobresale el orgullo de padre y el
sentimiento que trasluce se refugia en la actividad incesante de la memoria, en
el trabajo que ella significa, en la recopilación de momentos de vida, en su
pronunciación que los revive para transformar demasiado dolor en una
trayectoria que sólo puede reflejarse en la palabra lucha. Y el orgullo por el
recuerdo siempre joven y lleno de vida de Norberto ocurre al ver
retrospectivamente en esos diecisiete íntegros años dos cualidades que juntas
lo pueden todo: unos valores aguerridos, apasionados y arraigados con firmeza a
su ideal, el ideal de un prójimo sin tanta pena nacida de la indiferencia del
otro, sin tanta pobreza, sin miseria. Recuerda Julio cuando su hijo mayor le
preguntaba: “Papá, ¿por qué los chicos de la villa viven tan mal?”, se le hacía
incomprensible a Norberto, injustificable, la posibilidad de tan precarias
condiciones para algunos en convivencia con la opulencia de pocos. Más de una
vez se lo veía llegar a su casa sin abrigo en pleno invierno: es que regalaba a
quienes lo necesitaban más que él los pulóveres tejidos por su madre. Cuando le
ofrecieron jugar en las inferiores de Huracán respondió amablemente que si bien
amaba el fútbol, tenía obligaciones más importantes a las que atender y esas
obligaciones eran el trabajo social que realizaba y su militancia en la UES (Unión de Estudiantes
Secundarios).
Julio
se siente responsable por el Peronismo de Norberto: “De mi mano fue a Ezeiza a
recibir al General y de mi mano corrió cuando empezó la masacre”.
Así
fue como desde el primer momento en que la ausencia de su hijo mayor se hizo
preocupante, la misma noche de su desaparición, Julio e Irma, inseparablemente
juntos, no dejan de estar presentes cada semana en las rondas de la Plaza.
(III)
Abuelo
La
ceremonia de reconocimiento a Julio Morresi fue en el Salón San Martín de la Legislatura porteña.
El motivo, treinta y tres años de trayectoria y trabajo en derechos humanos. A
sus setenta y nueve años y con la pérdida de un hijo a cuestas, Julio sigue
firme en sus convicciones a las que no deja de acompañar con actos, que son los
que generalmente faltan tras la voluptuosidad de discursos bonitos. Julio
Morresi ha sido un hombre coherente, consecuente y ha tenido la fortaleza
suficiente como para no entregarse a la tragedia que atravesó su familia. La
apertura del evento estuvo a cargo del nieto de Julio, Facundo Morresi, quien
recordó distintos momentos de la vida de su familia, de las enseñanzas de su
abuelo siempre vinculadas a la lucha, la justicia y la militancia, de las
tardes en Plaza de Mayo desde muy, muy pequeño, desde hace veinte años de sus veintipocos de vida: “¿Te acordás cuando
nos contabas la anécdota del 17 de Octubre del ´45, cuando viste a los
descamisados por Chiclana y terminaste en Plaza de Mayo? Ese día te marcó para
siempre, a vos y a la familia. Y después, en el ´55, te quisieron callar como a
todo el mundo pero te las rebuscabas para no darles el gusto, colgando las
sábanas pintadas pidiendo por Perón o con las nomeolvides en el corazón”. La distinción
fue entregada a Julio por el diputado Juan Cabandié, hijo de desaparecidos, quien
afirmó estar reconociendo en él a todos los padres de Plaza de Mayo que
acompañaron a las madres. También pronunció unas palabras la diputada Gabriela
Alegre, quien fuera en su juventud compañera de militancia de Norberto y dijo:
“Al hacerle este reconocimiento a Julio siento que estamos haciéndolo también
por Norberto que fue un militante inolvidable”. Finalmente, las palabras que
cerraron el acto fueron las del propio Julio, palabras de reafirmación del
compromiso entre las que destacó el hecho de que “hoy es un día muy importante
porque recuperamos al nieto número 98” .
El
sábado siguiente a la distinción, la familia Morresi abrió amablemente a Agenda Parque Patricios las puertas de
su casa y allí los cronistas pudimos, además conversar largo sobre su historia
y escuchar los relatos de Julio, conocer un poco más de nuestra historia, de la
historia de Norberto que es uno entre treinta mil que no debemos olvidar.

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