viernes, 15 de noviembre de 2013

pasión quemera es carnaval/ febrero-marzo 2010

El carnaval

   Una de las características peculiares del mes de febrero es su espíritu carnavalesco, su ánimo festivo, que convoca a hombres, mujeres, abuelos, niños y adolescentes a salir a la calle y los reúne por  las  noches que pueden ser, cada una de ellas, alienándose de lo cierto, momentáneamente el preciso instante de la vida, ése que vale la pena contar.
   Desde su origen giran en su entorno distintas máscaras: no hay a ciencia cierta una definición posible que despeje las dudas que existen sobre sus comienzos. Muchas son las teorías sobre la etimología de la palabra que lo designa así como también sobre el motivo del festejo que lo involucra, muchos los dioses que han querido tener la honra de sus ofrendas. Y no podría ser de otro modo. El aire báquico que precede cada Cuaresma no sería lo que es sin su aura de misterio, sin esa falta de respuestas que rodea todo aquello que en el hombre es genuino. No por nada muchos de los poderes de turno tuvieron la intención de limitar o directamente prohibir el Carnaval, desde el virrey Vértiz hasta la última Junta Militar que dictaminó el cese de los feriados respectivos.
   El carnaval trae consigo corsos y esos corsos traen murgas que con sus desfiles pasean por Buenos Aires para que la gente baile y cante, baile y siga cantando, llenando de colores y espuma las calles porteñas. Porque, como bien quiere Charly, la alegría no es sólo brasilera. Entonces los porteños nos olvidamos un rato de la queja constante, de todo lo que nos falta, de todo lo que nos sobra, y nos entregamos al ritmo de Momo.

El Carnaval en Parque Patricios: el corso oficial y el de las Ranas

“Somos alumnos de la escuela de la vida
y es la calle nuestra universidad
licenciados en bombo, doctores en broma
es nuestro diploma el calor popular”


   De los 33 corsos oficiales de la ciudad uno tiene lugar en Parque Patricios, sobre Avenida Caseros. Pero el barrio cuenta también con la tradición del Corso de las Ranas, sito en la esquina Grito de Asencio y Elía.
   Desde 1997, la Legislatura porteña ha declarado al Carnaval y a las murgas parte del patrimonio cultural de la ciudad  y desde 2000 son evaluadas las  que desfilarán en los corsos oficiales. Actualmente hay más de 130 y muchas intentando entrar al circuito. Hay además un conjunto de murgas que eligen y deciden actuar por fuera de los estándares de dicha clasificación puesto que no adhieren a los criterios de selección. En cada corso pasan varias murgas y se desarrollan distintos tipos de espectáculos y entretenimientos.
   El Corso de las Ranas se caracteriza por su diferencia, se distancia del resto por la larga tradición que le da origen, por un fuerte lazo que lo une al espacio que le da lugar, al barrio, a la parte sur de Parque Patricios, al costado más humilde donde antaño se encontraba La Quema. Hace un tiempo escuché al Ingeniero Vila  en el Foro de la Memoria contar que en esa zona, hace más de un siglo, en el último cuarto del siglo XIX, en época de los mataderos, había una isla y una laguna, la isla, decían los que si aún viviesen hablarían de la inseguridad como problema único y primordial de nuestra ciudad, servía de refugio a los “malandrines” que ejercían las artes del cuchillo, el arreo y la payada, por eso se denominó al barrio Barrio de las Ranas, porque estos hombres de moralidad dudosa (según quienes escribieron y contaron la “Historia”) que lo habitaban “vivían saliendo del agua”. Así, el bautismo del Corso de las Ranas halla explicación en la mirada retrospectiva de la historia de sus pagos y festeja su carácter burlándose de una necia mirada ajena que lo juzga y al mismo tiempo hace del margen un símbolo de su diferencia y de su diferencia la reivindicación y el festejo de una esencia.




La murga

“Porque yo soy murguero vivo de otra manera
soy de PASIÓN QUEMERA murga de arrabal
para los que preguntan les decimos que somos
los hijos del dios Momo , dios del carnaval”

   Hace dieciséis años un grupo de chicos con ganas de festejar el año nuevo decidió formar una murga que se presentaría en Grito de Asencio y Elía el 31 a la noche. La presentación, después de seis meses de ensayo, fue un éxito, tanto que los chicos decidieron seguir ensayando para presentarse en el momento de dar la bienvenida al año siguiente. Así, en 1994, se gestó y nació Pasión Quemera.
   Actualmente la murga consta de aproximadamente cien artistas en escena, cien personas que se reúnen dos veces por semana a lo largo de todo el año, ni más ni menos que por amor al arte, a un arte que es colectivo y anónimo, que obedece enteramente a las ganas de compartir y regalarle al barrio la alegría que a veces le falta. Por supuesto, como toda congregación de personas, no se trata de un staff estable, hay de todo: varios de sus fundadores que aún permanecen, sus familias, pasajeros itinerantes, aves de paso; hijos, sobrinos o amigos de algún participante actual o pretérito que puede acercarse a formar parte del conjunto que, en este caso, es mucho, mucho más, que la suma de sus partes. Digamos que la murga tiene su núcleo fijo y su entorno variable, por decirlo de algún modo, y que en su dinámica reside también el azar de la interacción humana, el caos de lo interpersonal, como una sucesión de comuniones y adioses que conforman un secreto indescifrable. Y no todas son rosas en el meollo del asunto: cada decisión resulta del consenso, de la votación democrática, del debate, y, claro, sí, hay encontronazos, se trata de cien personas tratando de ponerse de acuerdo, de cien personas trabajando a la vez llueva, truene o haya sol. Las reuniones de la murga tienen lugar en la plaza José C. Paz. Cuando llueve, se las arreglan como pueden, en alguna casa, dónde sea. Hay una verdadera división del trabajo. Se trata de un arte social, de un rompecabezas en cuyo nombre se diluyen los egos, en el que lo individual sólo sirve a los fines del todo mayor a sus partes, y en ese hecho consiste verdaderamente su carácter de popular, en su valor democrático, didáctico, ejemplar. La murga canta, baila, toca el bombo, festeja. Y la alegría que emana nace del trabajo, del esfuerzo de cada uno de sus integrantes, de los artistas en escena y del sostén de quienes se brindan a un trabajo tan visible como anónimo: las manos que bordan los apliques de los trajes blanco y carmín; las que  preparan las viandas para cada uno de los presentes en cada una de las reuniones; la pluma que escribe las letras, que delibera consigo misma y con sus compañeros para tratar de reflejar al grupo; la mente que diseña el vestuario; la que arma las coreografías; la que contempla y acompaña; el alma que llega a cada ensayo después de un día entero de trabajo porque, digámoslo, Pasión Quemera existe gracias a su organización, a la forma en que en ella se da la participación, como consecuencia de ese modo en que proletario y obrero son sinónimo de digno, de admirable, de independiente, como espejo de una batalla en la que la alegría vence siempre al vacío que trata de atraparnos.

Recuadro I
El corso de las ranas (5/3/10)


Es aproximadamente la una y media de la mañana. Pasión Quemera abre la despedida del Corso. Grito de Asencio esquina Elía. Suenan los bombos, la gente expectante bordea la calle que deja como pasarela para los artistas. La noche es blanca y roja como nuestro barrio, la media Luna brilla en el cielo obscuro y al rato comienzan a sentirse las voces de los murgueros. El desfile de pasos es variopinto: los más pequeñitos están en la más tierna infancia, quizá ni hayan empezado el jardín de infantes todavía, y en sus cuerpecitos la música se traduce en movimiento; chicos y chicas, hombres y mujeres, bailan en sus uniformes que son la piel del murguero. Es una noche sin edad, todos forman al unísono una voz y una danza. El que mira tiene ganas de estar ahí, entre esos doscientos pies metidos en sus Topper blancas de cordones rojos, siguiendo el ritmo del Carnaval, vitoreando a viva voz la poética de la murga. En el escenario los cantantes y el director de la murga, Fernando De Renzo, Nano para sus compañeros, arengando al público, describiendo cual manifiesto los principios, el motivo de ser del Corso. La banda canta: “Hace bastante tiempo que toda la gente se encierra en su casa a ver televisión, y pide a la pantalla prestada una mueca, como una anestesia que enfrente el dolor. Hacemos las canciones mirando a esa gente, afinando en la nota que tiene su voz, recogemos palabras que otros descartan, es una pancarta nuestro corazón”. El tiempo no corre y si lo hace no nos damos cuenta, hay momentos en los que nada importa, en los que uno simplemente es. Y sin que nos demos cuenta, llega el final, la despedida:
 
Las levitas rojo y blancas
transpiradas de pasión
vagan por la madrugada
esperando otra actuación

Y aunque exhaustos de alegre cansancio
bailarán como locos
hasta dejar la vida

Volverán renovando siempre la ilusión
y el orgullo de un barrio en su voz
nacido allá en la Quema


 Los saluda esta murga entonando canciones
soñadas para el Carnaval
llegó Pasión Quemera,
un sueño que desvela,
llegó Pasión Quemera...
Recuadro II
Fundadores

Agenda Parque Patricios estuvo con dos de los integrantes más antiguos de Pasión Quemera: Fernando de Renzo, su actual director, quien es parte de la murga hace trece años, y, Martín Merlino, uno de sus Fundadores, quien participara de esa primera actuación el 31 de diciembre de 1994.
Actualmente, Nano es el director de la murga y su esposa es quien se encarga de los apliques y de la costura que llevan los trajes. Además sus dos pequeños hijos, como él, bailan en la murga. Su llegada a la murga se dio con su vuelta al barrio: “Yo vivía en el barrio y me mudé de chiquito. Pero siempre nos tiró el barrio, y hablábamos de la historia de Parque Patricios. Mi viejo, por ejemplo, vive en Saavedra y vos le preguntás de dónde sos y te dice de Parque Patricios. Yo había salido ya en otras murgas y cuando volví al barrio, pude cerrar un poco mi historia familiar, la vuelta a todo eso con lo que yo había crecido. Empecé bailando y fui encontrando mi lugar de a poco. Me enganché y acá estoy. Es mucho tiempo, mucha energía, mucho desgaste, más todo lo que no se ve. Pensá que para trabajar con entre 80 y 100 personas una mínima organización tiene que haber. Ensayamos 4 horas semanales. Hay que contratar los micros, ir a los reuniones, arreglar las fantasías, los bombos, que alguien escriba las canciones”.
Martín es quien compone las canciones. Fue director de la murga durante muchos años pero hace un tiempo decidió delegar obligaciones sin dejar de tener una participación activa. Actualmente también es bombista. Nos cuenta sobre su trayectoria en Pasión Quemera : “Yo toda la experiencia que tengo con la escritura es a partir de la murga, a mí me tocó escribir las letras. La murga te descubre un montón de facetas artísticas que podés explotar, el baile, el canto, la percusión, que uno no sabe que tiene pero las tiene.”  Respecto de la composición, agrega: “Si encuentro una melodía que me gusta, escribo, lo muestro y si gusta, queda. Alguna vez hicimos también un trabajo en conjunto, de juntarnos dos o tres a tirar ideas y escribir a partir de eso. Pero, en general, escribo solo y después vemos entre todos, prefiero terminar de escribir solo. Y las letras de la murga apuntan a la crítica, a la ironía, siempre desde el humor. La parte más poética es la que está pensada para la despedida, para la retirada”.  Para terminar, entonces, estos versos de “La murga se va” que son de su autoría:

                       Como el día que se esconde por el arrabal
pero siempre regresará
estos duendes de Parque Patricios aquí van a estar

Nos llevamos grabado en nuestro corazón
su mirada y su sonreír
y ese aplauso que nos va alentando por siempre a seguir…


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