El carnaval
Una de las características
peculiares del mes de febrero es su espíritu carnavalesco, su ánimo festivo,
que convoca a hombres, mujeres, abuelos, niños y adolescentes a salir a la
calle y los reúne por las noches que pueden ser, cada una de ellas,
alienándose de lo cierto, momentáneamente el preciso instante de la vida, ése
que vale la pena contar.
Desde su origen giran en su
entorno distintas máscaras: no hay a ciencia cierta una definición posible que
despeje las dudas que existen sobre sus comienzos. Muchas son las teorías sobre
la etimología de la palabra que lo designa así como también sobre el motivo del
festejo que lo involucra, muchos los dioses que han querido tener la honra de
sus ofrendas. Y no podría ser de otro modo. El aire báquico que precede cada
Cuaresma no sería lo que es sin su aura de misterio, sin esa falta de
respuestas que rodea todo aquello que en el hombre es genuino. No por nada
muchos de los poderes de turno tuvieron la intención de limitar o directamente
prohibir el Carnaval, desde el virrey Vértiz hasta la última Junta Militar que
dictaminó el cese de los feriados respectivos.
El carnaval trae consigo corsos
y esos corsos traen murgas que con sus desfiles pasean por Buenos Aires para
que la gente baile y cante, baile y siga cantando, llenando de colores y espuma
las calles porteñas. Porque, como bien quiere Charly, la alegría no es sólo brasilera. Entonces los porteños nos
olvidamos un rato de la queja constante, de todo lo que nos falta, de todo lo
que nos sobra, y nos entregamos al ritmo de Momo.
El Carnaval en Parque Patricios: el corso oficial y el
de las Ranas
“Somos alumnos de la escuela de la vida
y es la calle nuestra universidad
licenciados en bombo, doctores en broma
es nuestro diploma el calor popular”
De los 33 corsos oficiales de la ciudad uno tiene lugar en Parque
Patricios, sobre Avenida Caseros. Pero el barrio cuenta también con la
tradición del Corso de las Ranas, sito en la esquina Grito de Asencio y Elía.
Desde 1997, la Legislatura porteña ha
declarado al Carnaval y a las murgas parte del patrimonio cultural de la
ciudad y desde 2000 son evaluadas las que desfilarán en los corsos oficiales.
Actualmente hay más de 130 y muchas intentando entrar al circuito. Hay además
un conjunto de murgas que eligen y deciden actuar por fuera de los estándares
de dicha clasificación puesto que no adhieren a los criterios de selección. En
cada corso pasan varias murgas y se desarrollan distintos tipos de espectáculos
y entretenimientos.
El Corso de las Ranas se
caracteriza por su diferencia, se distancia del resto por la larga tradición
que le da origen, por un fuerte lazo que lo une al espacio que le da lugar, al
barrio, a la parte sur de Parque Patricios, al costado más humilde donde antaño
se encontraba La Quema. Hace
un tiempo escuché al Ingeniero Vila en
el Foro de la Memoria
contar que en esa zona, hace más de un siglo, en el último cuarto del siglo XIX,
en época de los mataderos, había una isla y una laguna, la isla, decían los que
si aún viviesen hablarían de la inseguridad como problema único y primordial de
nuestra ciudad, servía de refugio a los “malandrines” que ejercían las artes
del cuchillo, el arreo y la payada, por eso se denominó al barrio Barrio de las
Ranas, porque estos hombres de moralidad dudosa (según quienes escribieron y
contaron la “Historia”) que lo habitaban “vivían saliendo del agua”. Así, el
bautismo del Corso de las Ranas halla explicación en la mirada retrospectiva de
la historia de sus pagos y festeja su carácter burlándose de una necia mirada
ajena que lo juzga y al mismo tiempo hace del margen un símbolo de su
diferencia y de su diferencia la reivindicación y el festejo de una esencia.
La murga
“Porque yo soy murguero vivo de otra manera
soy de PASIÓN QUEMERA murga de arrabal
para los que preguntan les decimos que somos
los hijos del dios Momo , dios del carnaval”
Hace dieciséis años un grupo de
chicos con ganas de festejar el año nuevo decidió formar una murga que se
presentaría en Grito de Asencio y Elía el 31 a la noche. La presentación, después de seis
meses de ensayo, fue un éxito, tanto que los chicos decidieron seguir ensayando
para presentarse en el momento de dar la bienvenida al año siguiente. Así, en
1994, se gestó y nació Pasión Quemera.
Actualmente la murga consta de aproximadamente
cien artistas en escena, cien personas que se reúnen dos veces por semana a lo
largo de todo el año, ni más ni menos que por amor al arte, a un arte que es colectivo
y anónimo, que obedece enteramente a las ganas de compartir y regalarle al
barrio la alegría que a veces le falta. Por supuesto, como toda congregación de
personas, no se trata de un staff estable, hay de todo: varios de sus
fundadores que aún permanecen, sus familias, pasajeros itinerantes, aves de
paso; hijos, sobrinos o amigos de algún participante actual o pretérito que puede
acercarse a formar parte del conjunto que, en este caso, es mucho, mucho más,
que la suma de sus partes. Digamos que la murga tiene su núcleo fijo y su
entorno variable, por decirlo de algún modo, y que en su dinámica reside
también el azar de la interacción humana, el caos de lo interpersonal, como una
sucesión de comuniones y adioses que conforman un secreto indescifrable. Y no
todas son rosas en el meollo del asunto: cada decisión resulta del consenso, de
la votación democrática, del debate, y, claro, sí, hay encontronazos, se trata
de cien personas tratando de ponerse de acuerdo, de cien personas trabajando a
la vez llueva, truene o haya sol. Las reuniones de la murga tienen lugar en la
plaza José C. Paz. Cuando llueve, se las arreglan como pueden, en alguna casa,
dónde sea. Hay una verdadera división del trabajo. Se trata de un arte social,
de un rompecabezas en cuyo nombre se diluyen los egos, en el que lo individual
sólo sirve a los fines del todo mayor a sus partes, y en ese hecho consiste
verdaderamente su carácter de popular, en su valor democrático, didáctico,
ejemplar. La murga canta, baila, toca el bombo, festeja. Y la alegría que emana
nace del trabajo, del esfuerzo de cada uno de sus integrantes, de los artistas
en escena y del sostén de quienes se brindan a un trabajo tan visible como
anónimo: las manos que bordan los apliques de los trajes blanco y carmín; las
que preparan las viandas para cada uno
de los presentes en cada una de las reuniones; la pluma que escribe las letras,
que delibera consigo misma y con sus compañeros para tratar de reflejar al
grupo; la mente que diseña el vestuario; la que arma las coreografías; la que
contempla y acompaña; el alma que llega a cada ensayo después de un día entero
de trabajo porque, digámoslo, Pasión
Quemera existe gracias a su organización, a la forma en que en ella se da
la participación, como consecuencia de ese modo en que proletario y obrero son
sinónimo de digno, de admirable, de independiente, como espejo de una batalla
en la que la alegría vence siempre al vacío que trata de atraparnos.
Recuadro I
El corso de las ranas (5/3/10)
Es aproximadamente la una y media de la mañana. Pasión Quemera abre la despedida del Corso. Grito de Asencio
esquina Elía. Suenan los bombos, la gente expectante bordea la calle que deja
como pasarela para los artistas. La noche es blanca y roja como nuestro barrio,
la media Luna brilla en el cielo obscuro y al rato comienzan a sentirse las voces
de los murgueros. El desfile de pasos es variopinto: los más pequeñitos están
en la más tierna infancia, quizá ni hayan empezado el jardín de infantes
todavía, y en sus cuerpecitos la música se traduce en movimiento; chicos y
chicas, hombres y mujeres, bailan en sus uniformes que son la piel del
murguero. Es una noche sin edad, todos forman al unísono una voz y una danza.
El que mira tiene ganas de estar ahí, entre esos doscientos pies metidos en sus
Topper blancas de cordones rojos, siguiendo el ritmo del Carnaval, vitoreando a
viva voz la poética de la murga. En el escenario los cantantes y el director de
la murga, Fernando De Renzo, Nano para sus compañeros, arengando al público,
describiendo cual manifiesto los principios, el motivo de ser del Corso. La
banda canta: “Hace bastante tiempo que toda la gente se encierra en su casa a
ver televisión, y pide a la pantalla prestada una mueca, como una anestesia que
enfrente el dolor. Hacemos las canciones mirando a esa gente, afinando en la
nota que tiene su voz, recogemos palabras que otros descartan, es una pancarta
nuestro corazón”. El tiempo no corre y si lo hace no nos damos cuenta, hay
momentos en los que nada importa, en los que uno simplemente es. Y sin que nos
demos cuenta, llega el final, la despedida:
Las levitas rojo y
blancas
transpiradas de pasión
vagan por la madrugada
esperando otra
actuación
Y aunque exhaustos de
alegre cansancio
bailarán como locos
hasta dejar la vida
Volverán renovando
siempre la ilusión
y el orgullo de un
barrio en su voz
nacido allá en la Quema
Los saluda esta murga entonando canciones
soñadas para el Carnaval
llegó Pasión Quemera,
un sueño que desvela,
llegó Pasión
Quemera...
Recuadro II
Fundadores
Agenda Parque Patricios estuvo con dos de los integrantes más antiguos de Pasión Quemera: Fernando de Renzo, su actual director, quien es
parte de la murga hace trece años, y, Martín Merlino, uno de sus Fundadores,
quien participara de esa primera actuación el 31 de diciembre de 1994.
Actualmente, Nano es el director de la murga y su esposa es quien se
encarga de los apliques y de la costura que llevan los trajes. Además sus dos
pequeños hijos, como él, bailan en la murga. Su llegada a la murga se dio con
su vuelta al barrio: “Yo vivía en el barrio y me mudé de chiquito. Pero siempre
nos tiró el barrio, y hablábamos de la historia de Parque Patricios. Mi viejo,
por ejemplo, vive en Saavedra y vos le preguntás de dónde sos y te dice de
Parque Patricios. Yo había salido ya en otras murgas y cuando volví al barrio, pude
cerrar un poco mi historia familiar, la vuelta a todo eso con lo que yo había
crecido. Empecé bailando y fui encontrando mi lugar de a poco. Me enganché y
acá estoy. Es mucho tiempo, mucha energía, mucho desgaste, más todo lo que no
se ve. Pensá que para trabajar con entre 80 y 100 personas una mínima
organización tiene que haber. Ensayamos 4 horas semanales. Hay que contratar
los micros, ir a los reuniones, arreglar las fantasías, los bombos, que alguien
escriba las canciones”.
Martín es quien compone las canciones. Fue director de la murga durante
muchos años pero hace un tiempo decidió delegar obligaciones sin dejar de tener
una participación activa. Actualmente también es bombista. Nos cuenta sobre su
trayectoria en Pasión Quemera : “Yo
toda la experiencia que tengo con la escritura es a partir de la murga, a mí me
tocó escribir las letras. La murga te descubre un montón de facetas artísticas
que podés explotar, el baile, el canto, la percusión, que uno no sabe que tiene
pero las tiene.” Respecto de la composición,
agrega: “Si encuentro una melodía que me gusta, escribo, lo muestro y si gusta,
queda. Alguna vez hicimos también un trabajo en conjunto, de juntarnos dos o
tres a tirar ideas y escribir a partir de eso. Pero, en general, escribo solo y
después vemos entre todos, prefiero terminar de escribir solo. Y las letras de
la murga apuntan a la crítica, a la ironía, siempre desde el humor. La parte
más poética es la que está pensada para la despedida, para la retirada”. Para terminar, entonces, estos versos de “La
murga se va” que son de su autoría:
Como
el día que se esconde por el arrabal
pero siempre regresará
estos duendes de Parque Patricios aquí van a
estar
Nos llevamos grabado en nuestro corazón
su mirada y su sonreír
y ese aplauso que nos va alentando por
siempre a seguir…

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